JON DÉTARO

Nueva novela de

La Conspiración del Mañana

JON DÉTARO

«La adversidad te mostrará el camino»

La Conspiración del Mañana - Portada
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Un secreto guardado
durante cinco siglos

La Conspiración del Mañana - Libro

Una traición inesperada y un descenso a los más oscuros abismos del alma humana tienen el poder de transformar a un hombre íntegro en un implacable defensor de las causas perdidas, convirtiéndolo en la peor amenaza para cualquier signo de maldad que se cruce en su camino.

Lo que comienza como un sencillo encargo para localizar a uno de los empresarios más influyentes del país, resulta ser la punta del iceberg de un enigma que va más allá de todo lo que la mente humana es capaz de comprender.

La desaparición del magnate oculta una conspiración capaz de desafiar toda lógica y desentraña un secreto guardado celosamente durante más de cinco siglos, un secreto que rompe las leyes de la física tal como las conocemos.

Se enfrentarán a una impactante verdad y descubrirán que no solo sus vidas están en juego, sino también algo mucho más trascendental: el futuro de la humanidad.

Páginas 452
Editorial Aliar Ediciones
Género Thriller / Sci-Fi
ISBN 979-13-87823-96-2

Adéntrate en la historia

Capítulo II

Borja Diéguez, veintiocho años, hijo de un conocido constructor, y de una abogada, socia fundadora de uno de los mejores bufetes penalistas de la capital. Tiene dos hermanos mayores y ambos son oficiales de la Guardia Civil. Posee estudios superiores de ingeniería técnica y tres másteres realizados en las mejores universidades del país, y el muy idiota se hace traficante de drogas.

A pocos metros del edificio donde tenía situado su cuartel general y donde al parecer guardaba grandes cantidades de droga, revisaba dentro de su vehículo toda la información que habían podido recabar sobre él. Bajo sus órdenes, un nutrido grupo de acólitos que dirigía como si fuera un pequeño ejército, lo protegían de cualquier inconveniente que tuviera en sus negocios y de la policía. Una joya que cualquier padre quisiera tener como yerno, cualquiera menos Eduardo, el padre de Lucía.

El hombre había intentado que su hija volviera a casa, pero a cambio recibió una paliza por la que estuvo ingresado en el hospital dos semanas. Las heridas físicas tardaron poco en cicatrizar, pero las psicológicas no se curaban con tanta facilidad. La policía se excusó diciendo que habían hablado con su hija y que no quería volver a casa, pero él la conocía bien y sabía que estaba retenida contra su voluntad. Estaba desesperado, dado que además de ser su única hija, Lucía era su único apoyo emocional desde que su mujer falleciera años atrás.

En cuanto tuvo conocimiento del problema que Eduardo tenía con el novio de su hija, no lo dudó ni un momento. Se bajó del vehículo y se dirigió hacia la puerta principal donde algunos niños jugaban a la pelota bajo la atenta mirada de dos hombres, que a todas luces eran los aguadores encargados de dar la voz de alarma si llegaba la policía. Se fijaron en él en cuanto comenzó a cruzar la calle. Observaban con detenimiento sus movimientos con intención de descifrar quién era el extraño que se acercaba a ellos con decisión. Vestía con la típica ropa de alguien que deseaba pasar desapercibido y que no quería ser recordado por ningún detalle, pero sin renunciar a la comodidad. Pantalones chinos de un color azul verdoso, camisa de manga larga y un jersey fino una talla más grande que le ofrecía cierta comodidad. Conforme se acercaba, los dos hombres pudieron confirmar su buen estado de forma, a tenor de la musculatura de la que hacía gala a pesar de la distancia. Una presencia culminada por su tez morena, una definida barba de pocos días y unas gafas que le dotaban de un toque distinguido pero a la vez desenfadado. La primera impresión que tuvieron nada más verle era la de un agente de policía de paisano, motivo por el que extremaron precauciones. En cuanto puso el pie en el primer escalón de la entrada, decidieron intervenir.

—¿Dónde vas, colega? —preguntó uno de ellos con una soberbia que rozaba la vulgaridad.

—Perdona, no sabía que el edificio tenía portero físico —improvisó con sutil ironía, aunque dudaba de que les hubiera hecho gracia—. Voy a visitar a un amigo que vive aquí.

Uno de los dos hombres se incorporó y se colocó a menos de un metro, intentando incomodar con su cercanía y dejando claro que él era el que mandaba.

—Tu amigo ya no vive aquí, así que te puedes marchar por dónde has venido.

—Pero si no te he dicho su nombre.

—Me da igual. No puedes entrar en una propiedad privada, ¿lo entiendes?

Siempre le gustó este tipo de personas que, por haber visto en televisión un par de series sobre narcos y llevar un arma oculta bajo la chaqueta, se creían los tipos más duros ya no del barrio sino de toda la ciudad. No podía entrar en confrontaciones tan pronto, así que decidió sacar a pasear su agudo ingenio para poder llegar hasta Borja.

—Está bien, venía a hablar de negocios con tu jefe —dijo con gesto serio.

—Déjame que mire la lista de invitados —ironizó mientras simulaba leer un papel en su mano—. Siento decirle que no está en ella, así que ya te puedes marchar por donde has venido.

—Es una verdadera lástima. El negocio que tengo entre manos os iba a hacer ganar tanto dinero que, en menos de un año, todos vosotros podríais estar viviendo en un chalé de La Moraleja, con una piscina de esas infinitas en las que el agua se funde con el azul del horizonte —relataba al mismo tiempo que estiraba su brazo izquierdo, y con su mano parecía enseñarle donde acababa la piscina y donde comenzaba el cielo—. En el garaje un Ferrari estacionado entre el Porsche y la Harley Davidson —en cuanto nombró los deportivos pudo ver cómo se le dilataban las pupilas—, pero si no puedo hablar con tu jefe me tendré que ir a buscar otro cliente.

Miró su reloj, miró hacia las plantas superiores del edificio, suspiró y se dio la vuelta. Apenas dos segundos después de iniciar el camino de regreso al vehículo.

—Espera un momento, ¿cómo has dicho que te llamas?

Se detuvo, se giró hacia ellos y los miró con gesto serio.

—No te lo he dicho. Así es como he podido llegar tan lejos en la vida, sin que nadie sepa mi nombre —esa era la única verdad que había salido de su boca en aquella conversación.

—Está bien. Ven conmigo, pero primero tengo que asegurarme que no llevas armas ni micrófonos.

El joven lo cacheó de arriba abajo, apreciando que lo hacía bien. Enseguida supo que no iba a ser fácil sacar de allí a Lucía. Accedieron al interior y observó que el vestíbulo del edificio había conocido tiempos mejores allá por el siglo pasado. La oscuridad de los pasillos hacía juego con la suciedad de paredes y suelo. Le llegaron olores a comida de diferentes países por lo que supuso que allí vivían extranjeros. Los vecinos perfectos para que un negocio que se encuentra al margen de la ley pase desapercibido. El ascensor estaba averiado, así que debían subir por las escaleras hasta la cuarta planta. Para él no fue ningún problema, dado que estaba en un buen estado de forma. De algo tendrían que servir los madrugones para salir a correr por el parque antes de que el sol iluminara la ciudad.

Aquello era otra cosa. La limpieza y la claridad de la cuarta planta contrastaba con las demás. Recibió indicaciones para que le siguiera por el pasillo de la derecha, y así lo hizo hasta que llegaron a una puerta blindada donde suponía que debía estar Borja y también Lucía. La puerta se abrió y accedieron al interior. Pensaba que había llegado a su destino, pero los había subestimado. Siguieron caminando hasta que llegaron a una habitación de lo más normal que podía haber en una casa. Una cama, mesitas a ambos lados y un gran armario empotrado en la pared.

—A partir de aquí debemos vendarte los ojos, es por seguridad. Seguro que lo entiendes.

—No hay problema —expuso con tranquilidad.

Después de vendarle los ojos y colocarle una bolsa de tela negra, oyó cómo abrían la puerta del armario para después abrir, lo que parecía, otra puerta oculta dentro del armario. Le guiaron con mucho cuidado hasta que llegaron a otra estancia que había tras la pared. Comprendió que habían conectado varias viviendas del edificio entre sí, con el objetivo de dificultar el trabajo policial en caso de que realizaran algún registro de esos que la policía acostumbra a realizar con un montón de agentes encapuchados y un ariete abrepuertas, como avanzadilla.

Siguieron atravesando una habitación tras otra hasta que, según sus cálculos, atravesaron al menos dos viviendas además de la primera, pero el plato fuerte llegó cuando tuvieron que bajar dos plantas por una escalera metálica de caracol. En ese momento, se dio cuenta de que Borja y sus hombres iban en serio. Lo sentaron en una silla y ahí tuvo que esperar algunos minutos en silencio. Una puerta se abrió y varias personas accedieron a la habitación donde él seguía esperando. Una voz le ordenó que se descubriera la cabeza, y así lo hizo.

A causa de la ausencia de luz de los últimos minutos, sus pupilas estaban dilatadas al máximo. Cuando recobró la visión pudo ver su sombra apoyada en la pared, mientras que el torrente de luz que entraba por la ventana le impedía ver su rostro con claridad.

—Me han dicho que eres un hombre de negocios y que nos vas a hacer ricos —habló la sombra.

—No, exactamente. Mentí para llegar hasta aquí, pero estoy convencido de que os interesa mucho lo que tengo que contaros —respondió mientras observaba con detenimiento todo cuanto le rodeaba. La puerta de salida estaba a su espalda, ventana con barrotes metálicos, cuatro hombres en la habitación y otros tantos en la de al lado a juzgar por el ruido que hacían al hablar entre ellos. La cosa no pintaba bien.

—¿Sabes lo que más me revienta de un mentiroso?

—No, pero seguro que me lo vas a contar —respondió con una extraña tranquilidad, dada la situación en la que estaba.

—¿Te crees muy gracioso? —añadió mordiéndose el labio inferior y mostrando sus dientes—. ¿Qué es lo que quieres de mí?

—De ti no quiero nada, he venido a hablar con él —contestó señalando con su mirada al tipo que estaba a su derecha.

No hizo falta que ninguno de los presentes dijera ni una sola palabra más. Podía notar la intranquilidad en sus rostros y en las miradas que todos se intercambiaron en un abrir y cerrar de ojos. Pensaban que todo había salido bien porque el carismático líder había dirigido el negocio con un gran derroche de inteligencia, pero sobre todo con mucho esfuerzo por intentar mantenerse al margen de los negocios. Así, si investigaban a la banda, sería difícil que dieran con él, ya que apenas unos pocos sabían quién era. Pues bien, había llegado el momento de descubrir si ese tal Borja era tan inteligente como se creía y la respuesta no se hizo esperar.

—¿Quién coño eres y qué quieres de mí? —le preguntó poniendo una pistola en el lateral de su cabeza.

¡Menuda sorpresa! Había conseguido poner nervioso al delincuente que tenía atemorizado a todo el barrio y al que la policía no quería o no sabía qué hacer para detenerlo. Se giró despacio hasta que el cañón del arma quedó unos pocos centímetros por encima de sus ojos, justo donde los budistas habían situado simbólicamente el tercer ojo, el de la conciencia elevada. Lo miró y observó que su mirada destilaba inseguridad e ira a partes iguales.

—Para empezar, baja el arma si quieres que nos llevemos bien.

—Me cae bien este tío. Tiene un par de pelotas bien puestas —espetó uno de sus hombres con una sonrisa fingida—. Ahora pégale un tiro y acaba con él —gritó de manera exacerbada mientras su rostro mostraba un, más que probable, desorden mental severo.

Todos los presentes se sumaron a la petición y animaban entre gritos para que acabara con él, pero Borja era mucho más inteligente que el resto y él lo sabía. Si había tenido el valor de entrar en su territorio sagrado, dónde ni siquiera la policía se atrevía a entrar y además sabía quién era él, qué menos que oír lo que aquel extraño había venido a decirle.

—Te escucho —dijo en un tono de sosiego que dejó perplejos a todos sus hombres.

Puso el seguro a la pistola y la guardó en la parte trasera de su cinturón. Arrastró una silla desde la habitación contigua y se sentó frente a él con gesto desafiante. Además de inteligente, era atrevido. En su cabeza seguía sin entender los motivos que le llevaron por la senda de la mala vida. Podía haber sido una gran persona, pero ya no había vuelta atrás.

—Es un tema delicado y creo que deberíamos hablarlo tú y yo en privado.

Las risas resonaron en la habitación al unísono. Borja miró al que parecía ser su mano derecha, el mismo que quería que le metiera una bala en la cabeza.

—Borja, ¿eres una persona familiar? —preguntó con seriedad, cortando las risas de todos como si para ello hubiera usado un afilado cuchillo.

Había tocado la tecla exacta porque para él, su familia era sagrada, algo que había comprobado en sus redes sociales. Su risa se detuvo al momento. Sus ojos se abrieron y se centraron en los suyos. Su respiración comenzó a acelerarse poco a poco. Los demás no tardaron en entender que las risas debían dejarlas para otro día. El momento distendido dio paso a una tensión de esas que no se pueden palpar, pero que estaba ahí, y todo el mundo lo podía notar. Dos de sus hombres prefirieron marcharse de la habitación para no incomodar con su presencia.

—No te andes con rodeos, ¿a qué has venido?

—Eres un tío listo. Sabes bien lo que haces, aunque a veces cometes errores como todo el mundo, al fin y al cabo eres humano. He venido para hacer un trato en el que el mayor beneficiado serás tú. Te aseguro que no gano nada en esto —respondió con serenidad.

—Al grano, por favor —precisó en un tono serio y desafiante.

—He venido para llevarme a Lucía. Eduardo la echa mucho de menos y los dos sabemos que con su padre estará mucho mejor que contigo.

—¿Así que era eso? Joder, haber empezado por ahí y nos hubiéramos ahorrado tanta charla. Traedme a la puta esa —ordenó a sus hombres con semblante serio.

Algo no iba bien, podía sentirlo. Bastaba con mirarlos a los ojos para ver cómo sus hombres estaban nerviosos. No estaban acostumbrados a verlo así y temía que la cosa se le fuera de las manos, si es que en algún momento tuvo el control. Instantes después, Lucía apareció acompañada de uno de sus secuaces. El pómulo lo tenía ensangrentado y seguramente roto. El color oscuro del moretón que tenía en el cuello hacía juego con el de su ojo derecho. Necesitaba sacarla de allí cuanto antes. Un suave calor comenzó a brotar en su estómago. Era como si una entropía surgiese de lo más profundo de sus entrañas. Se estaba empezando a enfadar, pero sabía que no era el momento adecuado.

«La adversidad me mostrará el camino» —se repitió a sí mismo un par de veces, en voz baja.

—Dile a ese maricón de Eduardo que si quiere a su hija que venga él, si tiene cojones. No tiene que mandar a ningún gilipollas a molestarme en mi puta casa. ¿Lo entiendes? —gritó a escasos centímetros de su cara, justo antes de que empujara a Lucía contra el suelo y que esta, presa del pánico, comenzara a llorar.

—Te dije que habláramos en privado y no has querido. O me entregas ahora mismo a Lucía y te olvidas de ella para siempre o me encargaré de hundirte en la mierda a ti y a tu familia —precisó levantando la voz para que le oyera bien.

Borja se abalanzó desde atrás sobre él, lo agarró con fuerza de la parte superior del jersey, y lo arrastró hasta que lo arrinconó contra la pared.

—Te voy a matar saco de mierda —gritó sin dejar de apuntarle con su arma.

Pero lo había subestimado y había cometido un gran error, un error que no tardaría en lamentar. Con un inesperado y rápido movimiento de sus brazos, se liberó del agarre al que estaba siendo sometido y con otra veloz maniobra le dio la vuelta a la complicada situación. Consiguió arrebatarle la pistola y colocar el cañón en la cabeza de Borja, mientras que con el otro brazo sujetaba su cuello de tal manera que, si seguía apretando, le podría estrangular sin ningún problema. Enseguida hubo un baile de pistolas que parecía como si lo hubieran ensayado hasta la saciedad. Les apuntaban a ambos, ya que con el cuerpo de Borja protegía el suyo. Sus hombres nunca se habían visto en una situación parecida.

—Diles que tiren las pistolas —le susurró al oído.

—Bajad las armas. Bajadlas de una puta vez —gritó a media voz debido al poco aire que entraba en sus pulmones.

—Escúchame con atención porque solo te lo diré una vez. Tenemos pruebas de que tu padre, Carlos Alberto Diéguez Rasero, lleva años sobornando a concejales del ayuntamiento para conseguir que le adjudiquen contratos de obra pública, y también para que recalifiquen unos terrenos a las afueras de Madrid. Que uno de sus testaferros, Brígido Pinto Leal, harto de sus chanchullos le amenazó con denunciarlo a la policía y tu padre, como advertencia, le envió un par de matones que lo mandaron al hospital —le contó al oído para que ninguno de sus hombres lo oyera—. También tenemos pruebas de que Eloísa Abellán Balaguer, tu madre, se dedica a comprar testigos para sus juicios y a los que no puede comprar, los amenaza de muerte. Que posee una empresa pantalla con sede en Barbados donde blanquea dinero de sus clientes mafiosos. Tus hermanos Raúl y Tomás, oficiales de la Guardia Civil, tienen el punto de mira más bajo. Ellos se han asociado con una empresa que dicen cultivar marihuana medicinal, pero en realidad la marihuana que producen es la más divertida de las variedades. También tenemos pruebas de que tu alter ego en Internet, Casanova_castizo_97, intercambia archivos pedófilos con esos amigos degenerados que tienes en Estonia, Noruega y Hungría desde hace años. Todo eso sin contar con el chiringuito que tienes montado en este edificio —le dijo para terminar, mientras giraba su mano izquierda y miraba el reloj con descaro.

Sus hombres no salían de su asombro cuando vieron como el extraño susurraba algo al oído de su jefe, al mismo tiempo que este, muerto de miedo y con la mirada perdida, se orinaba en los pantalones. Comenzaron a mirarse con perplejidad unos a otros. Después de esto ya nada sería igual.

—Se está haciendo tarde y mi amigo está fuera esperando que salga junto a Lucía. Si no salgo en cinco minutos, tiene claras instrucciones para enviar todas las pruebas que te acabo de contar a la Fiscalía y a todos los medios de comunicación de este país. Espero haber sido claro contigo. Sé que lo has entendido porque eres un chico listo —lo elogió con algo de mofa—. Así que ahora vas a dejar que me marche con Lucía, y por supuesto, no quiero que a ella ni a su padre les ocurra nada en el futuro. Lástima de ti y de tu familia como algún despistado conductor atropelle a alguno de ellos sin querer, porque os hundiré en la mierda más absoluta —le advirtió, mientras lo iba soltando poco a poco.

A pesar de la enorme lista de motivos que le había dado, no estaba convencido de que algún instinto primario e irracional, de esos que los seres humanos tenemos, pasara por la confusa cabeza de Borja como un relámpago y reclamara su atención de manera equivocada y que se produjera una de esas tanganas que, a pesar de que se le dan bien, las odiaba.

Borja se quedó petrificado. Inerte. Sumido en un trance de esos que te pillan por sorpresa y tienen que pasar varios minutos hasta que uno sabe o puede reaccionar. Nunca había conocido lo que era el verdadero miedo, hasta que él se lo mostró en persona.

Después de soltarlo se dirigió hasta Lucía y la ayudó a levantarse del suelo. Colocó el brazo izquierdo de la joven sobre su cuello, rodeó con su brazo su cintura y emprendieron el camino de regreso a casa. Dos de sus hombres se interpusieron en la puerta con semblante serio. Esperaban alguna indicación del jefe, y este asintió con la cabeza para que los dejaran marchar. En cuanto salieron del edificio y subieron a su vehículo, Lucía quiso saber lo que había sucedido allí dentro, porque no entendía nada.

—¿Qué le has dicho para que me dejara marchar?

—A veces una verdad es más poderosa que una amenaza —respondió mirándola a los ojos.

Mientras conducía en dirección a la libertad de Lucía, en la radio no paraban de sonar una canción tras otra, hasta que comenzó a sonar una que le trajo un montón de recuerdos. Subió el volumen y su imaginación viajó hasta el día en el que años atrás la escuchó por primera vez.

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La conspiración del mañana fusiona la ciencia ficción y la novela policíaca para ofrecernos un thriller donde sus protagonistas se embarcan en una vertiginosa aventura repleta de peligros.

Jon Détaro

Jon Détaro

El alter ego de una mente compleja y enigmática.

Nacido en Almería, su vida estuvo marcada por desafíos y adversidades desde muy joven. Ingresó en las Fuerzas Armadas a una edad temprana, donde completó su formación académica, y más tarde se unió a la Guardia Civil.

Fue en este cuerpo policial donde las injusticias y el peso del tiempo lo empujaron hacia la oscuridad, sumiéndolo en una desesperanza y desasosiego que marcaron su día a día.

En medio de su lucha interna, Jon Détaro encontró la luz en la escritura, transformando su frustración y temores en palabras. Lo que comenzó como relatos y cuentos infantiles para sus hijas evolucionó hasta convertirse en su gran pasión: escribir su primera novela, un reflejo de su redención personal y de las batallas libradas tanto en su interior como en el mundo que lo rodea.

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La Conspiración del Mañana

La Conspiración
del Mañana

19,00€

452 páginas · Cubierta 300gr mate · Incluye marcapáginas · Impreso en España